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LABAÑOU – VILCABAMBA
                  Labañou Solidaria                                            El hermanamiento entre dos pueblos

                     Se  organizaron  varias  expediciones  de  exploración  en  busca  de  vías  navegables  a
                  través  de  los  ríos  y  se  produjeron  muchos  accidentes  en  los  rápidos.  Una  de  estas
                  expediciones en 1871 consiguió llegar navegando hasta Iquitos, superando el Pongo de
                  Mainique, donde el rio Urubamba se agita entre dos grandes paredes de roca, por las que
                  escurren  cataratas  de  agua  a  ambos  lados  del  cauce;  un  paso  de  gran  belleza,
                  extremadamente peligroso en temporada de lluvias.

                     En  aquel  tiempo  el  viaje  de  Cusco  a  Quillabamba,  por  el  Puerto  Málaga  y
                  Ollantaytambo, llevaba cinco días, lo que suponía un gran aumento de costes para la
                  comercialización de productos agrícolas del valle. Además, en torno a aquel despoblado
                  paso montañoso de más de cuatro mil metros de altura, había bandidos que asaltaban a
                  los viajeros. Eran los temidos pistakos quienes, según decían los arrieros, después de
                  robar y asesinar, aprovechaban la grasa de los cadáveres de sus víctimas, para alimentarse
                  y para hacer ofrendas a los apus.

                     La población se concentraba en torno a las haciendas, especialmente en el valle de
                  Santa Ana. La zona alta de Vilcabamba en este tiempo era una zona muy aislada y no hay
                  datos precisos, aunque  todo  indica que se mantuvo muy despoblada  y al  margen del
                  comercio.

                     El ilustre aventurero y diplomático francés, François Angrand, vizconde de Sartigues,
                  visitó la región en 1834 y vio que en la hacienda Huadquiña trabajaban sólo cuarenta
                  indios, más un número indeterminado de arrendatarios que residían en el campo. Una
                  cifra irrisoria teniendo en cuenta que era una de las mayores haciendas del Perú, con más
                  150.000 hectáreas de superficie.


                     El cultivo de caña se orientaba al principio a la producción de azúcar. Pero tras la gran
                  crisis, el resurgimiento de las haciendas en el siglo XIX se basó en la producción de
                  aguardiente, de elaboración más sencilla, con mano de obra voluntaria asalariada. La
                  industria del azúcar había entrado en decadencia y los hacendados animaban al consumo
                  de  aguardiente  de  caña  como  parte  del  salario,  lo  que  generó  un  grave  problema  de
                  alcoholismo en la zona.

                     “Se destila tanto cañazo que los peones trabajan sólo la mitad de la semana; y la otra
                  mitad tienen que darles de beber para consumir sus pipas; porque la mayor parte del
                  aguardiente se consume en el lugar”, describió la situación un viajero llamado Teodoro
                  Rozas.

                     Los hacendados recuperaban lo que pagaban en salarios con sus tiendas en las que
                  vendían todo tipo de productos, sin posible competencia de otros comerciantes que no
                  podían instalarse en sus tierras. Ponían los precios que querían y adelantaban productos
                  con ganancias del cien por cien sobre el precio de venta. Con todo, la productividad de
                  las haciendas era baja y algunos hacendados comenzaron a arrendar tierras a campesinos
                  a cambio de un alquiler y de determinadas jornadas de trabajo para la hacienda, a los que
                  se llamó “arrendires”.






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